Adiós
A lo largo de nuestra vida, todos pasaremos por malos momentos. Y, de algún modo, con más o menos pena, con más o menos rabia, aceptamos que la muerte es un destino inevitable para todos. Vemos a nuestros padres llorar a los suyos. Desde pequeños aprendemos que la vida también implica, llegado el momento, desprenderse de quienes queremos. Primero son los abuelos, luego los padres, quizás los hermanos y, finalmente... nos tocará a nosotros.
Vivimos con la certeza de que, en cualquier momento, podemos recibir una llamada triste. A veces será por una muerte natural y, otras, por complicaciones o enfermedades que se llevan a alguien antes de tiempo.
Pero incluso en esos casos, cuando alguien se marcha demasiado pronto, la vida suele darnos la oportunidad de despedirnos, de decir adiós dignamente y con honores. Quizás tengamos días, unas semanas, unos meses o incluso años para decir adiós. Podemos prepararnos, nos resignamos y aceptamos el desenlace fatal, porque es parte de nuestra naturaleza.
Sin embargo, nadie está preparado para aceptar una muerte injusta y sin aviso, de la noche a la mañana y demasiado pronto. Todo lo que nunca debe pasar, toda la mala suerte del universo concentrada en un único lugar y momento.
Todavía no me lo creo.
Mi amigo deja atrás al amor de su vida... y a una niñita preciosa de apenas dos años. No lo volveré a ver y no volveré a abrazar. Pienso en la niña, a quien tendremos que explicar, cuando llegue el momento, qué hombre maravilloso fue su padre. Se me parte el alma, el corazón y la vida.
El dolor es tan intenso que rebosa, se escurre entre los dedos, da vértigo. No puedo pensar en su pareja o sus padres... Ojalá pudiera liberarlos del dolor y compartir con ellos la carga. Pero solo puedes echarte a llorar, a sabiendas de que no hay palabras que calmen el daño, que no hay solución alguna.
Hace apenas unos días pasamos la tarde juntos. Se marcha uno de esos amigos que puedo contar con los dedos de una sola mano. Pero también se va un padre, un marido, un hijo, un hermano, un primo, un nieto, un sobrino, un compañero de trabajo, un conocido, un recuerdo de infancia...
Ha representado brillantemente todos los papeles de esta función, una vida maravillosa.
Hoy hace un día precioso, pero él ya no está aquí para verlo.
Te quiero y siempre te recordaré.
Adiós.
