Crónica de un momento de mi vida
Hace 20 años trabajaba en un Carrefour descargando camiones, televisores, lavadoras y neveras, junto a un chico de mi edad que era refugiado de la guerra de Bosnia. Sus historias eran horripilantes. Las recuerdo muy bien. Una mañana, los soldados serbios quemaron vivo a su tío, en el jardín, frente a toda la familia. Después de contarme esa historia, lloró. Era un trabajo muy físico, pero lo disfruté. Aprendí mucho. No he vuelto a ver a mi compañero de trabajo. Le deseo lo mejor.
Mi turno como mozo de almacén empezaba a las seis de la mañana y se alargaba hasta las doce del mediodía. Al salir, tomaba un tren, comía de táper durante el trayecto y me plantaba en la Universitat Autònoma de Barcelona para asistir a clase de 15:00 a 21:00 h. Llegaba a casa a las once de la noche, empalmando tres trenes distintos. Me acostaba sin cenar para levantarme a las cinco y empezar de nuevo el ciclo.
Así me pagué la carrera, como todo hijo o hija de familia trabajadora. También recibí una beca de estudios, que ayudó mucho.
Acabé la carrera cuando el concepto "crisis económica" era una realidad palpable. Algo crónico, normal y un estado permanente. Recuerdo las colas del paro en mi ciudad. Eran hileras de hombres y mujeres suplicando un empleo a los funcionarios. ¿Cómo un chico joven, con una carrera de letras, va a lograr un trabajo en este contexto?
Aquellos hombres y mujeres tenían problemas para pagar el alquiler tras toda una vida de esfuerzos. Era penoso, lamentable... un desastre. Era miserable. Cada mañana decenas de estos hombres y mujeres se reunían alrededor del edificio, esperando alguna oferta.
Encontré un trabajo... y me sentía un privilegiado. De pronto estaba en una oficina de Barcelona, ejerciendo como especialista SEO en una startup por un sueldo pírrico que apenas me daba para comer y pagar el transporte. El típico trabajo de turno partido, de nueve a cinco, que acababa transformándose en un 24/7 porque "había que darlo todo por el proyecto". Un privilegiado, digo, porque era eso, o nada.
Allí conocí a gente maravillosa. Algunos de ellos son, a fecha de hoy, amigos íntimos. Pero fue traumático pasar por un trabajo como aquel, con exigencias que exceden todo lo aceptable.
Me levantaba a las cinco y a las seis ya estaba en el autobús para llegar a Barcelona sobre las ocho. Dos horas de carretera, rezando para que no hubiera un accidente. Luego, a las cinco o seis de la tarde, dedicaba un par de horas más al trayecto de vuelta para llegar a casa. Aprovechaba este tiempo para dormir. Recuerdo estar agotado. Al llegar, solo podía aspirar a cenar algo rápido (si es que había cena) y acostarme, para volver a empezar.