Debemos hablar de política
Hace unos dos años decidí dejar de opinar públicamente sobre política, tanto en persona como en mis publicaciones de blog. Borré todas mis cuentas en redes sociales y me desconecté del debate público. Como todos sabemos, la política española es "compleja", el ambiente está polarizado y la idea de mantener un debate sosegado sobre temas sociales o económicos pronto queda superada por posiciones irreconciliables y atrincheradas que acaban sacando lo peor de algunas personas y dejan un regusto agrio.
Abandonar el debate público ha significado (para mí) mucha tranquilidad. Dejé de ser el blanco al que apuntan aquellos a quienes tengo a mi izquierda (que son muchos) y los que tengo a mi derecha (que son todavía más). Pero esta tranquilidad tiene un precio: renunciar a ejercer un derecho fundamental, el de expresarme libremente, y también otro no tan obvio: participar en la vida pública y contribuir al debate sobre la gestión de lo común. Siempre he entendido el debate sobre la gestión política como un acto de civismo, casi una obligación ciudadana. ¿Acaso los políticos ejercen sus funciones alejados de la mirada de los ciudadanos? Estamos permanentemente escrutando a nuestros dirigentes y tenemos la obligación, más allá de ejercer nuestro derecho a voto y como ciudadanos, de expresar qué pensamos sobre ellos y sus políticas.
El volumen de nuestras opiniones es otra cuestión: organizar la rabia en una manifestación, una huelga general o publicar una columna en un periódico generalista. Todas estas son formas de expresión recogidas en la Constitución, cada una con su intensidad, volumen y propósito. Mecanismos, al fin y al cabo, perfectamente reconocidos por la ley como derechos inalienables de la ciudadanía.
Pero aquí estamos, tan hartos de la clase dirigente, que muchos hemos renunciado a nuestros derechos fundamentales. Tan astiados y asqueados de la violencia verbal del debate político, que preferimos guardar silencio y "dejar que el mundo gire"... En nuestros adentros sentimos simpatía por unos y aversión por otros, pero guardamos silencio. No participamos. ¿Por miedo a que nos encasillen? Posiblemente. Pero también porque en el lodazal de la política se ha perdido toda la humanidad y civilización.
No solo necesitamos hablar de política. Necesitamos hablar sobre cómo debemos hablar sobre política. Por civismo, y si queremos que todo mejore, deberíamos releer el significado de las palabras "diálogo", "debate" o "discusión". No hacerlo sería negligente.