Fracaso y progreso
Vivimos tiempos complejos, o eso dicen. Pero no tengo la certeza de que los tiempos pasados fueran más fáciles ni felices: mis libros de historia sugieren todo lo contrario. Sin embargo, cuesta ignorar cierto deterioro en la calidad del debate público, las democracias, en los derechos y las libertades individuales o en las condiciones de vida de buena parte de la población. Esa es la narrativa: todo va mal. Hablamos de retroceso, aunque no esté claro en qué ni cómo se está retrocediendo. Porque la realidad es que nunca antes habíamos alcanzado un nivel similar de derechos y libertades. Quizás no todo esté empeorando, pero sí parece que algo está dejando de funcionar.
La lógica del progreso nos ha llevado a creer que la sociedad, como la historia, avanza siempre hacia adelante. Que hemos organizado nuestro mundo con la suficiente inteligencia como para no repetir los errores del pasado. Cualquier otra cosa sería una estupidez, y en eso consiste precisamente el progreso: en no depositar nuestro futuro en manos de estúpidos. Sin embargo, aquí hemos leído a Marcuse, que cuestiona el significado y objetivo del progreso. Si el mundo progresa, ahora quizás lo hace solo para unos pocos. Y mientras tanto, al margen de todo, y para la inmensa mayoría de la población, la vida es cada día más complicada. Además, Casandra, que viste una bata blanca y tiene pinta de climatóloga, nos dice que lo peor está por llegar.
Pero nunca antes en la historia de la humanidad habíamos sido capaces de alimentar a tantas bocas ni de evitar tantas muertes por enfermedad. Vivimos en la cúspide de nuestro desarrollo, ¿no es eso el progreso? Y, sin embargo, parece que nos cuesta cada vez más vivir bien. Disfrutamos de las mejores condiciones materiales y, al mismo tiempo, somos unos miserables. El ser humano es cuerpo y espíritu, y nuestra crisis (la que yo quiero atacar) pertenece al segundo territorio.
Necesitamos una explicación. Primero, saber si realmente estamos retrocediendo y, en tal caso, qué significa ese retroceso. Porque no está tan claro como parece. Como tampoco está definido en qué cosas se retrocede ni de qué manera. Debemos definir el problema del mismo modo que un médico diagnostica la enfermedad de sus pacientes a través de los síntomas. Quizás debamos buscar parte de la respuesta en nuestra propia cultura. José Antonio Marina habla de «culturas fracasadas», aquellas que no logran resolver adecuadamente los problemas fundamentales de la convivencia humana ni garantizar el bienestar, la justicia y la felicidad de sus miembros, desembocando en el sufrimiento colectivo, la autodestrucción o el colapso.
¿Estamos realmente frente a una cultura fracasada?