La próxima normalidad
El mundo se deshace como un terruño de barro que estrujamos entre los dedos, como un azucarillo en el café. La educación, la sanidad, la vivienda, los salarios, el precio de la electricidad y de los alimentos, el orden en las calles, los horarios de los trenes, la crisis climática, las guerras, la inteligencia artificial… Todo, absolutamente todo, parece generar fricción.
La vida cotidiana se ha convertido en una sucesión interminable de pequeñas batallas, molestas y agotadoras. Ya no podemos dar por sentado que la sociedad se rige por un conjunto de normas compartidas, que podemos confiar en los principios de convivencia o que existen instituciones capaces de velar por nuestro bienestar.
Para explicar esta sensación, la socióloga Noortje Marres habla de "condición postnormal". Se trata de un escenario en el que las perturbaciones dejan de ser episodios excepcionales para convertirse en el telón de fondo de nuestra existencia. Durante décadas, al menos en las sociedades occidentales, hemos tendido a interpretar las crisis como paréntesis tras los cuales recuperaríamos cierta estabilidad. Las cosas funcionaban dentro de un margen de previsibilidad. Cuando algo salía mal, cabía esperar que se encontrase una solución, que aprendiéramos de los errores y que, tarde o temprano, volviéramos a la normalidad.
La condición postnormal cuestiona precisamente esa expectativa. La incertidumbre, la escasez y la disrupción dejan de ser anomalías transitorias y pasan a formar parte de la estructura de la vida cotidiana. El futuro pierde definición y las instituciones parecen incapaces de responder a problemas que se acumulan y se retroalimentan. No es solo que las cosas vayan mal, sino que cada vez resulta más difícil imaginar cómo podrían volver a ir bien.
Sin embargo, hay algo en esta interpretación que me genera dudas. ¿Estamos realmente ante una condición permanente o estamos atravesando una transformación histórica cuyo desenlace todavía desconocemos?
Si miramos atrás, descubrimos que las crisis y las rupturas de las expectativas no son exclusivas de nuestro tiempo. Las dos guerras mundiales, por ejemplo, destruyeron buena parte de las certezas sobre las que se había organizado la vida europea. La violencia, la escasez, la inestabilidad política y el derrumbe de las instituciones no fueron episodios aislados, sino procesos (largos).
Sin embargo, de aquellas catástrofes surgieron también nuevas formas de organización política, económica y social. La reconstrucción europea, la expansión de los sistemas de protección social y la creación de nuevas instituciones internacionales contribuyeron a establecer un orden distinto, lo que demuestra que una época percibida como un horizonte cerrado puede terminar dando paso a una realidad que, desde su interior, resultaba difícil de anticipar.
Quizá el problema de nuestro presente no sea únicamente que vivimos en una sucesión de crisis, sino que no sabemos si estamos ante una nueva normalidad o ante el proceso, necesariamente convulso, que precede a otro orden.
Esto no significa que la historia avance necesariamente hacia un desenlace mejor. Las transformaciones pueden producir sociedades más justas, pero también regímenes autoritarios, nuevas desigualdades o formas de dominación más difíciles de reconocer. Tampoco tenemos motivos para pensar que el cambio llegará después de una gran catástrofe capaz de poner fin a todas las demás.
Regreso a la pregunta inicial. Si las grandes crisis del pasado contribuyeron a deshacer un orden y a construir otro, ¿qué tendrá que suceder ahora? ¿Qué acontecimientos, conflictos o decisiones marcarán el punto de inflexión? ¿Cuál será nuestra catarsis? No lo sé, ni siquiera si llegará en forma de un acontecimiento reconocible.