Paratexto

La vida no necesita sentido

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La modernidad, y sobre todo la gente moderna hablando de sus problemas modernos, me dan bastante pereza.

Yo mismo me he dedicado en este blog a contar lo malas que son las redes sociales, los peligros de la IA y a criticar nuestro consumo compulsivo de pantallas. Pero, si somos honestos, quizá estamos concediendo demasiada importancia a todo esto. Las redes sociales pueden ser un problema, por supuesto, pero también son el síntoma de algo bastante más aburrido: una vida que, fuera de la pantalla, no resulta demasiado interesante.

Creo que buena parte de nuestra adicción al teléfono y del tiempo perdido haciendo doomscrolling tiene que ver con esto. No necesariamente porque seamos estúpidos, débiles o incapaces de controlar nuestros impulsos, sino porque tenemos muy pocas razones para dejar el teléfono olvidado sobre la mesa.

No has cultivado amistades, no tienes una afición que te entusiasme. No lees. No haces deporte. No sales a caminar. No construyes nada. No tienes un proyecto que te importe. No tienes pareja, ni hijos, ni amigos con los que perder una tarde entera hablando de cualquier tontería. O, sencillamente, la vida que llevas delante de la pantalla te resulta más cómoda que la que podrías llevar fuera de ella.

Nada de esto es necesariamente criticable. Hay personas que eligen vivir solas, que no quieren tener hijos, que no tienen pareja o que disfrutan enormemente de pasar tiempo pegados a la pantalla. El problema aparece cuando no estamos eligiendo nada de eso, sino simplemente dejando que los días sucedan.

Y entonces llega el teléfono. Porque el teléfono es extraordinariamente bueno ocupando los vacíos. Solo necesitas no tener una alternativa que te importe más.

Quizá por eso hemos dedicado tanta energía a preguntarnos qué les están haciendo las redes sociales a nuestras cabezas cuando deberíamos preguntarnos algo bastante más incómodo: ¿qué clase de vida estamos llevando para que nos resulte tan difícil apartar la mirada de la pantalla?

Y aquí conviene no caer en la tentación de echarle toda la culpa al individuo. No vivimos precisamente en entornos diseñados para hacernos la vida fácil. Ciudades enormes, jornadas interminables, desplazamientos absurdos, barrios donde apenas conocemos a nuestros vecinos, espacios públicos cada vez más pobres y una cultura que convierte casi cualquier momento libre en una oportunidad para consumir algo.

Vivimos como si la alienación fuese un problema del siglo XIX que quedó resuelto con la industrialización, cuando quizá simplemente hemos encontrado formas mucho más sofisticadas de convivir con ella.

Afuera no siempre hay un prado verde, mariposas revoloteando entre las flores y un cielo azul esperando a que levantemos la cabeza. A veces hay tráfico, sirenas, cemento, ruido y un aire que huele mal. Pero incluso entonces hay un mundo material que existe al margen de nuestra pantalla: gente caminando, conversaciones que todavía pueden ocurrir, lugares que podemos descubrir, cosas que podemos hacer con las manos, cuerpos que podemos mover y experiencias que no han sido diseñadas para captar nuestra atención durante treinta segundos, ni para liquidar nuestra cuenta bancaria. En parte, por eso elegí vivir en una ciudad pequeña, cerca del campo.

Y aquí es donde creo que estamos pensando demasiado. Hemos convertido nuestra relación con el teléfono en un problema gigantesco sobre nuestra identidad, nuestra salud mental, la inteligencia artificial, el futuro de la humanidad y el destino de la civilización. Escribimos libros, hacemos documentales y nos preguntamos si estamos perdiendo nuestra capacidad de atención.

Puede que sí. Pero también puede que, en ocasiones, la solución sea mucho menos interesante.

Deja el teléfono.

Llama a alguien.

Sal a caminar.

Aprende algo.

Haz la cena.

No hagas nada.

Haz algo mal durante seis meses hasta que empieces a hacerlo bien.

No hace falta abandonar Internet, convertirse en ermitaño ni presumir de vivir sin redes sociales. Vivir sin Instagram no te convierte en una persona especial, no eres un copito de nieve precioso. Y tener redes sociales tampoco te convierte en una persona alienada.

Y tampoco necesitamos encontrar el sentido de la vida para solucionar esto. La vida es absurda. No existe, hasta donde sabemos, un propósito cósmico esperando a que lo descubramos. Vamos a envejecer, veremos morir a algunas personas que queremos, haremos unas cuantas cosas bien, otras bastante mal y, finalmente, desapareceremos.

Puf.

Se acabó.

Pero mientras tanto podemos ser felices. Podemos querer a alguien. Podemos dejar una huella, aunque sea diminuta, en las personas que nos rodean. Con un poco de suerte tu nombre será recordado en los álbumes familiares, dentro de cien años. Podemos hacer que nuestro pequeño pedazo de mundo sea un poco más agradable. Podemos aprender cosas, cocinar para nuestros amigos, cuidar de alguien, construir algo o pasar una tarde entera hablando de nada.

No hace falta que todo tenga sentido. Solo hace falta que lo quieras. Y, sinceramente, si tu vida tiene suficientes cosas así, probablemente no necesitarás mirar el teléfono cada tres minutos.

No te lo tomes tan en serio.