El problema está fuera de la pantalla
Hace algunas semanas publiqué en este blog una entrada titulada La vida no necesita sentido. La tesis que planteaba entonces era bastante sencilla: nuestra relación compulsiva con las pantallas quizá no se deba únicamente a un problema de atención, autocontrol o adicción, sino que también es el reflejo de la vida que tenemos fuera de ellas. El teléfono, las redes sociales y las plataformas están ocupando un vacío. De ahí que, antes de preguntarnos por qué pasamos tantas horas mirando una pantalla, quizá deberíamos preguntarnos qué hacemos cuando no las estamos mirando.
Sería absurdo sostener que las plataformas no están diseñadas para captar nuestra atención, que determinados usos de internet no son problemáticos o que la exposición excesiva a determinadas dinámicas digitales no puede tener consecuencias sobre nuestra salud, nuestras relaciones o nuestra capacidad de concentración. Todo eso puede ser cierto. Lo que me interesa discutir hoy es otra cosa: la tendencia a explicar el fenómeno exclusivamente desde la tecnología, como si el teléfono hubiera aparecido en un mundo perfectamente funcional y, de repente, hubiese creado la soledad, el aburrimiento, la frustración, el aislamiento y la incapacidad para relacionarnos con los demás.
Quiero invertir el orden de la pregunta. En lugar de asumir que las pantallas han producido necesariamente una generación incapaz de vivir sin ellas, podemos preguntarnos qué condiciones sociales y materiales han hecho que una pantalla se convierta en un refugio tan atractivo.
Un problema difícil de medir
Según el informe "PASOS 2026", elaborado por la Fundación Gasol y coordinado por el Hospital del Mar de Barcelona, los niños y adolescentes en España pasan, de media, 1.366 horas al año frente a pantallas. Son 56,9 días completos, casi dos meses. En algunos grupos la cifra es todavía mayor: por ejemplo, el informe señala que un adolescente varón cuyos padres no tienen estudios universitarios puede llegar a pasar alrededor de 304 minutos diarios frente a una pantalla, aproximadamente cinco horas al día. Son cifras importantes y justifican que nos tomemos en serio la cuestión.
Pero... ¿Qué significa exactamente pasar cinco horas delante de una pantalla? No es lo mismo pasar ese tiempo viendo vídeos cortos recomendados algorítmicamente que estudiando, programando, dibujando, conversando con amigos, leyendo o viendo una película. Incluso si aceptamos que determinadas actividades tienen mayor valor que otras, sigue siendo difícil establecer que el tiempo de exposición sea, por sí mismo, una medida del problema. Yo mismo puedo pasar seis o siete horas diarias delante de un ordenador y no consideraría necesariamente que esas horas tengan el mismo significado que seis horas haciendo doomscrolling.
Hablar de adicción requiere cierta prudencia. En los últimos años hemos empezado a utilizar esta palabra para describir una cantidad enorme de comportamientos cotidianos: adicción al teléfono, a las redes sociales, a internet, a los videojuegos, a las compras, al trabajo, al ejercicio o incluso a determinadas formas de consumir información. Pero no todo comportamiento intenso es una adicción.
Starcevic, Billieux y Schimmenti[1] señalan precisamente la dificultad de establecer un criterio absoluto que permita determinar cuándo una actividad pasa de ser excesiva a convertirse en una conducta adictiva. Una deportista de élite puede dedicar buena parte de su día al entrenamiento y un músico puede practicar durante horas. Una persona puede pasar una cantidad extraordinaria de tiempo trabajando en algo que considera importante, sin necesidad de que lo sea para otros. La cantidad de tiempo, por sí sola, no nos dice nada.
Lo relevante aparece cuando observamos una pérdida de control, la incapacidad persistente para reducir el uso, la interferencia significativa con las responsabilidades cotidianas, la priorización sistemática de la actividad sobre otras áreas de la vida o el uso de la pantalla como principal mecanismo para gestionar la ansiedad, el aburrimiento, la soledad o el malestar son indicadores mucho más significativos. Pero incluso en estos casos la investigación sobre el uso problemático de internet y las redes sociales sigue siendo compleja y presenta resultados dispares[2].
Sin embargo, el discurso público suele funcionar de una manera mucho más sencilla. El teléfono aparece como el culpable y, detrás de él, las redes sociales, los algoritmos y (ahora) la inteligencia artificial. Culpar al dispositivo resulta extraordinariamente cómodo porque ofrece un objeto físico identificable contra el que dirigir la preocupación. Si los niños leen menos, si tienen dificultades para concentrarse, si pasan menos tiempo con sus amigos o si muestran determinados problemas psicológicos, siempre podemos señalar al dispositivo que llevan en el bolsillo. Lo difícil es preguntarnos qué estaba ocurriendo antes de que ese dispositivo apareciera y qué condiciones hacen posible que haya adquirido semejante importancia.
El teléfono llegó después
El debate educativo ofrece un ejemplo interesante de esta dificultad. Los resultados de PISA 2026 muestran un deterioro importante del rendimiento educativo en todos los países de la OCDE, pero la tendencia descendente no comienza con la popularización del smartphone. Las transformaciones ya eran visibles en 2012, antes de que las redes sociales ocuparan una parte tan importante de la vida cotidiana de los adolescentes.
La propia relación entre tecnología y educación es bastante más ambigua de lo que suele aparecer en el debate público. Existen sistemas educativos (como el de Singapur) extraordinariamente digitalizados que obtienen mejores resultados académicos, y está demostrado que determinadas herramientas digitales pueden facilitar el aprendizaje en ciertas áreas de conocimiento. Una pantalla puede ser un instrumento educativo, una biblioteca, un espacio de creación o una herramienta de trabajo, pero también puede convertirse en un mecanismo de entretenimiento pasivo y consumo compulsivo. No hay nada misterioso en ello. Una misma tecnología puede servir para cosas radicalmente distintas. Como un cuchillo de cocina.
Por eso creo que la pregunta importante no es cuánto tiempo pasa un niño delante de una pantalla, sino qué clase de vida está construyendo alrededor de ella. Y esa pregunta nos lleva inevitablemente fuera del teléfono.
La responsabilidad de los adultos
Nos preocupa que un niño utilice el teléfono durante la cena, pero alguien ha comprado ese teléfono, ha contratado un acceso a internet y le ha dado el teléfono al menor. Todos hemos visto a padres entregar una tablet a sus hijos en un restaurante para conseguir unos minutos de tranquilidad. El niño deja de protestar, los padres pueden continuar hablando y la situación queda resuelta.
No los culpo: todos los que son padres y madres saben lo tentador que es, y lo necesario que puede llegar a ser un minuto de silencio. La cuestión aparece cuando esa solución deja de ser excepcional y se convierte en la forma habitual de gestionar el aburrimiento, el conflicto o la espera.
La pregunta entonces ya no es solamente qué hace el niño con el teléfono. O incluso, por qué el niño tiene el teléfono en sus manos..., sino: ¿Qué necesidades está resolviendo para los adultos? Un dispositivo puede convertirse en una herramienta extraordinariamente eficaz para pacificar una situación. El problema es que esa comodidad tiene un coste que normalmente no aparece en el momento en que entregamos el dispositivo: el niño aprende que el aburrimiento es algo que debe eliminarse inmediatamente y que cualquier momento de espera puede ser ocupado con estímulos.
Pero tampoco creo que sea suficiente con señalar a los padres por su falta de disciplina. Los adultos viven dentro de las mismas condiciones sociales que sus hijos. Trabajan demasiado, llegan cansados, disponen de poco tiempo y también utilizan sus propios teléfonos para desconectar. Si queremos entender por qué un niño pasa horas mirando una pantalla, quizá debamos observar también qué hacen los adultos que lo rodean. Los niños aprenden de las reglas que les imponemos, pero sobre todo aprenden de aquello que ven hacer constantemente a los demás.
De ahí surge una pregunta que me parece mucho más interesante que la habitual discusión sobre el tiempo de uso: ¿qué encuentra un niño cuando levanta la mirada de la pantalla? Porque si la respuesta es aburrimiento, soledad, unos padres agotados, una ciudad sin espacios para jugar, actividades que la familia no puede permitirse o simplemente una vida cotidiana que ofrece pocas alternativas, no deberíamos sorprendernos demasiado de que vuelva a mirar el teléfono.
Una generación sin demasiados lugares donde estar
Aquí aparece el argumento que realmente me interesa. Las pantallas no han inventado ni creado la soledad, la frustración o la alienación, tal como algunos parecen sugerir. Son experiencias humanas antiguas. Tampoco creo que las generaciones anteriores vivieran en una especie de edad dorada en la que todo el mundo participaba en sindicatos, asociaciones, movimientos estudiantiles o proyectos colectivos. La nostalgia es una pésima herramienta para analizar el presente. La gente tenía otras cosas con las que embobarse hace en 1990, y los niños españoles leían igual (o menos) que ahora.
Lo que sí ha cambiado son las condiciones en las que experimentamos problemas bastante antiguos. Un joven puede terminar sus estudios y descubrir que independizarse resulta difícil, que el precio de la vivienda está muy lejos de sus posibilidades y que el empleo que encuentra ofrece poca estabilidad. Puede vivir en una ciudad en la que cada vez existen menos espacios de encuentro que no estén mediados por el consumo. Puede tener cientos de contactos digitales y, al mismo tiempo, pocas relaciones significativas. Puede pasar buena parte del día dentro de instituciones sobre las que tiene poca capacidad de decisión y regresar a casa con la sensación de que nada de lo que haga tendrá demasiada influencia sobre el mundo que lo rodea.
En definitiva, el contrato social que ha governado la vida de muchas generaciones, y sobre el que nos apoyamos en nuestro paso de la adolescencia a la adultez, se ha roto. Por eso hay tantos adultos que se comportan como niños: no pueden ser adultos.
Alienación
En otras publicaciones he mencionado muy por encima el concepto de alienación de Marx. Creo que merece la pena regresar a él porque, aunque las condiciones históricas sean completamente distintas, la idea todavía permite formular algunas preguntas interesantes. Para Marx, la alienación tiene que ver con la separación del individuo respecto de su propia actividad, de aquello que produce, de los demás y, en último término, de sí mismo. No tendría sentido trasladar esta teoría mecánicamente al presente, pero sí podemos utilizarla como herramienta para pensar una experiencia contemporánea.
Trabajamos en actividades que no siempre percibimos como nuestras, consumimos productos y experiencias diseñados por otros, habitamos ciudades sobre las que tenemos poca capacidad de decisión y pasamos una parte considerable del día dentro de estructuras que no controlamos. Después del trabajo necesitamos descansar y, para hacerlo, consumimos. No tenemos más opción. El teléfono encaja perfectamente en ese circuito. Permite consumir sin producir, observar sin participar y relacionarse sin asumir consecuencias.
El espectáculo y el deseo
Guy Debord escribió en La sociedad del espectáculo sobre la transformación de la experiencia social en representación. La idea resulta especialmente reconocible en una época en la que no solamente vivimos nuestras experiencias, sino que las fotografiamos, publicamos, observamos en otras personas y convertimos en contenido. No solamente viajamos: mostramos que hemos viajado. No solamente comemos: mostramos dónde hemos comido. No solamente compramos: mostramos lo que hemos comprado.
Esto modifica también nuestra relación con el deseo. Las redes sociales nos permiten observar permanentemente aquello que otras personas tienen, quieren o consideran deseable. Aparecen casas, viajes, cuerpos, restaurantes, coches, ropa, relaciones y trabajos que parecen formar parte de una vida mejor que la nuestra. El problema no es solamente que podamos sentir envidia. Es que empezamos a utilizar la vida de los demás como catálogo de posibilidades para construir la nuestra. O, lo que es todavía peor: empezamos a vivir a través de estas representaciones.
Aquí resulta interesante recuperar el deseo mimético de René Girard. No deseamos únicamente aquello que necesitamos ni aquello que hemos elegido de forma completamente autónoma. Muchas veces deseamos aquello que vemos desear a otros. No queremos solamente unas zapatillas. Queremos ser la persona que lleva esas zapatillas. No queremos solamente viajar a un determinado lugar. Queremos ser la persona cuya vida incluye ese viaje. Y así regresamos de nuevo a Debord: el objeto importa, pero también importa la representación de la vida que ese objeto parece prometer.
La cuestión se vuelve todavía más interesante cuando observamos que una parte importante de nuestra frustración no procede necesariamente de aquello que nos falta, sino de todo aquello que hemos aprendido a desear. Comer, beber, disponer de una vivienda, cultivar amistades o tener un lugar seguro donde vivir son necesidades bastante básicas. Tener unas zapatillas concretas, conducir un determinado coche, vivir en una casa enorme o viajar varias veces al año son otra cosa. Podemos desearlas y disfrutarlas, pero no son necesidades en el mismo sentido.
Epicuro ya distinguía hace siglos entre diferentes clases de deseos y advertía de la dificultad de alcanzar una vida tranquila cuando convertimos deseos ilimitados en necesidades. Nuestra cultura (de consumo) ha hecho exactamente lo contrario: ha aprendido a transformar los deseos en indicadores de éxito. Y las redes sociales han llevado este proceso a una escala extraordinaria porque permiten comparar nuestra vida con miles de vidas seleccionadas cuidadosamente para parecer deseables.
Ya tenemos todos los ingredientes.
Los problemas de siempre
Quizá por eso me interesa tanto la filosofía cuando hablamos de tecnología. Una parte de los problemas que atribuimos a internet son, en realidad, problemas humanos bastante antiguos. Lo que ha cambiado es la velocidad y la escala con la que experimentamos esas cosas.
Durante siglos, las generaciones anteriores tuvieron que enfrentarse a la misma pregunta fundamental: qué hacer con una vida limitada, incierta y en muchos casos injusta. Las respuestas fueron diferentes. Algunas personas encontraron sentido en la religión, otras en la familia, otras en la política, en el trabajo, en la creación artística o intelectual. También hubo movimientos colectivos que intentaron transformar las condiciones materiales de la existencia. Sindicatos, asociaciones, movimientos estudiantiles, partidos políticos, organizaciones vecinales y huelgas. Fueron formas de convertir una experiencia individual de frustración en un problema colectivo.
No siempre funcionaron, pero proporcionaban una posibilidad que hoy parece más difícil de encontrar: la sensación de que la propia vida podía conectarse con algo más grande que uno mismo. Cuando esa posibilidad desaparece, el teléfono ofrece una alternativa extraordinariamente eficaz. Permite distraerse, entretenerse, consumir, indignarse, discutir con desconocidos y contemplar la vida de los demás. Sobre todo, permite llenar el tiempo. Y quizá ese sea uno de sus mayores poderes. No necesariamente nos impide hacer algo concreto. Simplemente consigue que no tengamos que preguntarnos qué hacer.
Y esto es especialmente importante en un contexto social donde el individuo ha perdido la capacidad para participar, actúar o prosperar.
Lo que hemos olvidado
Durante nuestra educación tuvimos, al menos en teoría, acceso a una tradición intelectual construida precisamente alrededor de estas preguntas. En algún momento alguien nos habló de Platón, Aristóteles, Epicuro, Marx, Nietzsche o cualquier otro de los muchos autores que han intentado comprender qué significa vivir. Muchas de aquellas ideas parecían entonces completamente abstractas y alejadas de nuestra vida cotidiana. Años después, algunas adquieren un significado diferente.
Quizá una parte del problema es que hablamos de adicción a las pantallas cuando deberíamos hablar también de soledad, padres ausentes, exceso de trabajo o violencia. Hablamos de falta de atención cuando deberíamos hablar de aburrimiento. Hablamos de redes sociales cuando deberíamos hablar de pertenencia. Y hablamos de niños incapaces de abandonar el teléfono cuando deberíamos preguntarnos qué clase de mundo estamos construyendo para ellos.
Esto tampoco significa que debamos ignorar la tecnología. Las plataformas tienen responsabilidades. El diseño de los algoritmos importa. La regulación importa. Los hábitos familiares importan. La educación digital importa. Existen usos claramente problemáticos y existen formas de consumo diseñadas para mantenernos conectados durante el mayor tiempo posible. Pero ninguna de estas cosas explica por sí sola por qué la pantalla ha adquirido semejante importancia en nuestras vidas.
Para comprenderlo necesitamos mirar también fuera de ella. Necesitamos hablar de vivienda, empleo, educación, familia, urbanismo, ocio, consumo y comunidad. Necesitamos preguntarnos qué oportunidades tiene una persona para construir algo que sienta como propio, para participar en su entorno, para relacionarse con los demás y para experimentar que sus acciones tienen alguna consecuencia.
Y necesitamos recuperar una pregunta que parece cada vez más extraña: ¿qué significa vivir bien? No podemos elegir las condiciones históricas en las que nos ha tocado vivir. Tampoco podemos reducir todos nuestros problemas a una cuestión de voluntad individual. Existen estructuras económicas, sociales y políticas que condicionan profundamente nuestras posibilidades. Pero reconocerlo no significa que estemos condenados a ellas. Entre la ilusión de que podemos controlarlo todo y la resignación absoluta existe un espacio, quizá pequeño, en el que todavía podemos actuar.
[1]: Starcevic, V., Billieux, J., & Schimmenti, A. (2026). La patologización de la vida cotidiana como adicción conductual.
[2]:Wegmann, E., & Kessling, A. (2026). Uso problemático de internet y las redes sociales:¿qué sabemos y qué no sabemos?. CONDUCTAS ADICTIVAS SIN SUSTANCIA, 201.