No me gusta Sant Jordi
"Sant Jordi" es patrono de Catalunya y, junto al día nacional (el 11 de septiembre), es posiblemente una de las fechas más relevantes en nuestro calendario. Barcelona, por ejemplo, lleva en su bandera el emblema de San Jorge, el soldado martirizado hasta la muerte en Nicomedia un 23 de abril, hacia el año 303, por su fe cristiana.
Desde el siglo XV, las distintas formas de gobierno de Catalunya han incentivado esta festividad, que ha evolucionado hasta lo que es hoy: la fiesta de la rosa y el libro, y a su vez una interpretación muy nuestra del "día de los enamorados".
Para la fiesta de Sant Jordi, las calles de todo el país se llenan de puestos de rosas y paradas de libros. La gente sale a la calle, pasea, compra libros y regala rosas. La tradición dice que las mujeres regalan un libro y los hombres la rosa. Pero esta tradición machista, donde la mujer no puede recibir libros, ha quedado ya muy superada desde hace décadas. Ahora los hombres también regalan libros a las mujeres. Sin embargo, los hombres no recibimos rosas... o, por lo menos, no es lo habitual.
Foto: La Rambla de Barcelona en el dia de Sant Jordi de 2016.
Puestos en contexto, entramos en harina: la fiesta es ahora una vorágine consumista. Las editoriales llenan sus arcas y se venden libros a espuertas. Las librerías del país facturan un porcentaje muy elevado del total de ventas anual durante este día. Que los libros se regalen indistintamente a todos los géneros ha sido un paso adelante muy conveniente para el capitalismo cultural, que ahora vende el doble o el triple de obras literarias. Con esto, también se amplía enormemente el abanico de autores y autoras de interés.
Durante los días previos a la festividad, los medios de comunicación dedican largos ratos a entrevistar autores, promocionar libros, hablar de las novedades editoriales y especular sobre cuáles serán los títulos más vendidos. Existe un aire de competición, como si existiera un ganador.
Ya durante el día de Sant Jordi se realizan encuestas a pie de calle, como si se tratara de una jornada electoral. Los medios intentan adivinar qué autores serán los más consumidos y se hacen apuestas.
Al día siguiente, con la resaca de la fiesta, las editoriales publican las listas de los más vendidos y pasan cuentas. Es habitual que en las tertulias se alaben las virtudes y el buen hacer de una sociedad que ha logrado, en un solo día, vender tantos libros como durante el resto del año. ¡Qué gran cultura tenemos!
Muchos de los libros que se compran durante Sant Jordi se han escrito ad hoc para la festividad. Los mismos autores, año tras año, preparan sus obras para que el lanzamiento coincida exactamente con el 23 de abril. Los mismos nombres, año tras año, publican su fast food, diría yo, usando una analogía ya muy sobada.
Con los libros que no se venden se hace confeti. Sí, has leído bien. Se destruyen miles y miles de libros no vendidos para ser reciclados e imprimir, con esa pasta, nuevas obras. Todo muy sostenible. Lo preocupante es que tal comportamiento sea rentable.
Pero todavía nos queda la rosa. Solo durante esta festividad se regalan unos 7 millones de rosas. De estas, apenas unas 25.000 unidades se producen en Catalunya, es decir: un 0,35%. El resto, un 99,65%, llegará de Sudamérica o países especializados del norte de Europa. La huella ecológica de este movimiento de mercancías es incalculable.
Sant Jordi se ha convertido en una fiesta del consumismo. Sant Jordi es una oportunidad de mercado. Es un canal de ventas, un negocio, un producto. Una fiesta cultural manoseada por las sucias manos del capitalismo. Es una fiesta en la que la calidad literaria se ha equiparado a las cifras de venta, la industria editorial moviliza capital para la promoción, los medios resuenan y empujan a las masas hacia ciertos autores y, finalmente, se nos anima a comprar un producto (la rosa) cuyo coste oculto sigue sin aflorar.
No me gusta Sant Jordi.