Todo me da un poco igual
Eliminé mi cuenta de Twitter hace cuatro años y la de Facebook hace más de diez. Lo mismo con LinkedIn: creo que es la peor red social jamás creada. Accedo a Instagram un par de veces al año, lo justo para confirmar que lo siguiente será borrar y cerrar la cuenta. No publico nada, ni tengo ningún interés en lo que publican los otros.
En mi círculo de amistades y conocidos (personas de entre 30 y 40 años) nadie usa redes sociales. Todos son adultos funcionales, con vidas profesionales muy interesantes, familia y hobbies. Gente que tiene otras prioridades, y que ha recorrido exactamente el mismo camino que describo en el párrafo anterior: hace 10 o 15 años tenían una cuenta de Facebook o Twitter. Pero todos han pasado página. No comparten nada sobre su vida en redes. Porque las redes sociales ya no sirven para eso... ¿Sirven para otra cosa? No lo sé.
Nos comunicamos por WhatsApp... y solo para recordar, una vez cada 6 meses, que estamos ahí para lo que haga falta. Puedo pasar semanas sin saber de alguien... y no pasa nada. Todo está bien.
Hace tres días que no recibo ningún mensaje.
Cada mañana leo un par de periódicos: periodismo de verdad hecho por profesionales. Tengo interés en el mundo que me rodea y estoy al corriente de todas las guerras, crisis, catástrofes y cosas que me afectan de forma directa. Pero no quiero saber las opiniones, las polémicas o los entresijos de la política. El fútbol y cualquier otro deporte de masas es irrelevante para mí. Tampoco me interesa la vida de los famosos, ni de los artistas. No he escuchado nada de Rosalía. No creo en los debates públicos, ni en las discusiones sobre economía.
Todo me da un poco igual... O, mejor dicho, hay mucho ruido. La mayoría de las personas con las que me relaciono a diario se comporta de forma similar: estamos al corriente de lo relevante, lo justo para andar por el mundo, tomar decisiones y mantener una conversación ligera.
Mi relación con el "exceso de información" llegó al punto en que consideré seriamente comprar un "dumbphone": un teléfono para hacer y recibir llamadas. Y punto. Si hay algo importante, llámame. Nada más.
Pero con una niña pequeña en casa... era complicado renunciar al teléfono. Un smartphone va muy bien para hacer fotos y compartirlas con la familia. Los abuelos esperan su videollamada. También hay aplicaciones imprescindibles para relacionarse con la administración pública. Necesito Android Auto y el navegador para el trabajo. Renunciar al smartphone era excesivo, por el grado de integración que tiene esta tecnología en la vida diaria.
Tengo la sensación de que hemos pasado de una hiperconexión al silencio. En mi caso, al minimalismo digital, porque tengo este blog. Y... ¿Sabes qué? Todos estamos mucho más tranquilos.